El día que mi amigo Ángel, desde España, me dijo:
«Muy bonito todo, se nota que te lo pasas bien con extranjeros, pero… ¿y los locales?»,
me hizo clic. Llevaba un mes entero en Tailandia rodeada de grupos de viajeros de todas partes —alemanes, italianos, españoles, irlandeses…— pero ni un solo tailandés en mi vida. Viajaba por un país sin conocer a su gente.
Primero hice un grupo con dos alemanes y una italiana, y éramos como mejores amigos… por tres días. Luego bajé al sur y me junté con españoles —como no—, fiesta diaria incluida. Más tarde, en una isla, me hice muy amiga de dos irlandeses, y acabé con otro grupo de extranjeros en el norte. Y así seguía: rodeada de extranjeros, sin cruzar palabra real con un local.
Todo cambió en el momento en que decidí hacer uno de los mejores voluntariados de mi vida. Allí conocí mucho más la cultura tailandesa: cocinábamos y probábamos solo comida local, Nay (el dueño) y Marc (su amigo) nos llevaban por los mercados, ayudábamos por las mañanas a reconstruir y quitar el barro de la casa inundada de Nay, hacíamos hogueras, celebrábamos fiestas nacionales con la gente del barrio y reíamos sin parar.
Sin duda, conectar con lo local no siempre sale fácil ni bien. Antes de llegar a la casa de Nay, empecé en otro voluntariado en un pueblo recóndito, a muchos kilómetros de cualquier ciudad. Estuve sola en una casa de campo con los dueños que solo me daban de comer y alguna tarea. No conecté con ellos y la situación fue incómoda: la mujer no hablaba inglés, el marido apenas estaba presente y la comunicación era mínima. Aprendí a vivir un estilo de vida tranquilo: despertar temprano, meditar, pocas actividades. Pero no era mi lugar.
Esa experiencia me enseñó que los discursos de “viaja, conecta con lo local, conoce su cultura y comparte experiencias” a veces están adornados. Sin embargo, me ayudó a entender dónde quería estar y con quién quería conectar. Lo bonito de esa experiencia fue también que llegaron dos francesas, Manon y Elsa, con las que en una semana tomamos la decisión de cambiarnos juntas al voluntariado de Nay, y fue de lo más bonito que viví en el viaje.

Conectar con lo local no es una receta fácil ni un eslogan bonito. A veces incomoda, a veces no encajas y es duro de aceptar. Sin embargo, cuando das el paso de entender y aceptar que no se trata de conocer a todos, de conectar con todo el mundo para sentirte plena, sino de encontrar dónde poner tu energía y con quién compartirla, todo cambia.