La primera vez que pensé en hacer autostop me vinieron todas las dudas del mundo. ¿Será seguro? ¿Parará alguien? ¿Vale la pena intentarlo? Creo que es normal que te asalten esas preguntas, porque siempre escuchas de todo: desde experiencias mágicas hasta advertencias para no hacerlo nunca.

Es normal tener miedo al hacer autostop, y no hay que ignorarlo. Pero tampoco hay que olvidar que, normalmente, tendemos a escuchar más los peligros que los beneficios de ciertos riesgos, como este tipo de viajes. Es importante también diferenciar y entender el contexto: no es lo mismo hacer autostop en países donde te has informado y sabes que es relativamente seguro que en otros donde pueda ser más conflictivo o peligroso.

Si hay un consejo que de verdad me ayudó, es este: escucha tu intuición. Puede sonar muy básico, pero en la práctica es lo más real que tienes. Durante todo el tiempo que hice hitchhiking en Asia —sobre todo en Indonesia, y alguna vez en Filipinas, Camboya y Tailandia— me guié mucho por lo que sentía en el momento. Y lo cierto es que nunca tuve una mala experiencia.

Con el tiempo entendí que el hitchhiking va mucho más allá de levantar el pulgar o sacar un cartel improvisado. Para mí se convirtió en un intercambio.

Cada trayecto es distinto: hay quienes te preguntan de todo sobre tu vida, otros que no cruzan ni palabra, y algunos que simplemente disfrutan de compartir un rato contigo en silencio. Lo interesante es que siempre te llevas algo: una conversación, una enseñanza o, simplemente, la certeza de que la bondad existe en todas partes.

Desmontando la idealización

Es fácil caer en la idea romántica del autostop: leía posts, escuchaba a viajeros… y pensaba que me pasarían historias increíbles, que conocería gente con relatos surrealistas, que acabaría en casas random con cenas mágicas. Y luego llegué a Camboya, me subí al primer coche y me di cuenta de que… no.

La realidad fue que no podíamos cruzar ni una palabra, porque no hablaba nada de inglés. Por ejemplo, cuando empecé en Camboya, me di cuenta de lo difícil que era comunicarme. La mayoría de los conductores no hablaban inglés, así que no había conversaciones profundas ni anécdotas mágicas: muchas veces simplemente viajábamos en silencio. Y está bien. Entender eso me ayudó a ver que, a veces, la experiencia no es como te la cuentan, sino como tú la vives. Y fue genial igual: el hombre me puso música en español en su coche para que me entretuviese, me regaló unas chocolatinas y compartimos un silencio muy cómodo. Nada de historias épicas, pero sí algo que me marcó: darme cuenta de que lo especial no siempre está en lo extraordinario, sino en lo simple.

 

Cuando sí hubo historias

En Bali, Amed, conocí a una española llamada Paula que me inspiró a hacer autostop en toda la isla de Flores para llegar a un pueblo remoto llamado Waerebo, donde aún se conserva la tradición y cultura local, arraigadas desde hace muchos años. Me advirtió que necesitaba el mapa descargado, tiempo, paciencia y energía, porque el trayecto sería largo: desde Labuan Bajo hasta Waerebo tendría que cambiar de conductores varias veces, y además no habría nada de señal en todo el camino. “No es un camino fácil, pero sí una experiencia preciosa”, me dijo. Y así fue: durante todo el trayecto y los dos días que me llevó llegar a Waerebo, me quedé completamente sin señal, y de verdad aprendí lo que significa espabilarte por tu cuenta. Bienvenida, chica, eso pensaría el resto de generaciones pasadas.

Lo gracioso es que nada más llegar al aeropuerto de Flores desde Bali, a las 7 de la mañana, no sabía cuál iba a ser finalmente mi plan, quería fluir y ver cómo tendría ese día la energía. Así que salí del aeropuerto y me encontré con un hombre que insistió en llevarme adonde quisiera, sin esperar nada a cambio (pero sin olvidar que soy mujer y es mucho más fácil que quieran ayudarte). Le dije que iba a tomar un café, que no hacía falta y podía caminar (porque curiosidad: el aeropuerto está a 20 minutos andando del centro), pero él me acompañó. Nada más acabé el café, decidí que sí: iría a Waerebo haciendo autostop. Él me acompañó parte del trayecto aunque le dije que no hacía falta porque ya me estaba ayudando mucho, pero nada, otra vez insistió y la verdad es que fue increíble.

A lo largo del viaje fui encontrando gente que me acogía y me enseñaba algo sobre su vida. Una familia me explicó las tradiciones de Flores, cómo funcionaban las tareas domésticas y el respeto a la familia de la mujer, el papel de hombres y mujeres en la vida familiar, y me permitió entender un poco más su cultura. Fue muy enriquecedor.

Después, un hombre me acompañó en moto hasta la casa de un australiano con quien acabé quedándome esa noche, porque nos caímos bien y necesitaba reponer energías para continuar hacia Waerebo. Al día siguiente, compartí historias de viaje con varios conductores, y ellos me preguntaban por qué viajaba sola por lugares tan remotos. Finalmente, llegué a un pueblo donde todos me miraban curiosos, porque no estaban acostumbrados a ver a alguien extranjera por allí. Un hombre me llevó a su casa para presentarme a su familia y amigos; fueron súper hospitalarios, me invitaron a comer y me ofrecieron alojamiento, aunque yo decidí seguir mi camino.

Lo más sorprendente llegó justo cuando pensaba que estaba perdida en un lugar desierto: aparecieron unos chicos franceses en moto que iban al mismo lugar, Waerebo, y me invitaron a ir con ellos. Pasamos el día juntos, hicimos la excursión, comimos y disfrutamos de toda la experiencia en compañía.

La enseñanza fue increíble: a veces el autostop te lleva exactamente a donde esperas, y otras veces te abre a experiencias que nunca habrías imaginado. Todo esto es gracias a abrirse, confiar y dejar que la aventura te sorprenda.

En otros trayectos sí llegaron esas conversaciones que te hacen mirar la vida desde otro ángulo. En Indonesia, en ¡Qué isla de Flores, una pareja me recogió y me contó que allí, para casarse, el hombre debe regalar un búfalo a la mujer y hacerse cargo de toda la familia de ella. Escuchar eso, que en Occidente ya ni nos planteamos, me resultó fascinante.

¡Con el australiano Paul!El que me invitó a su casa
Cuando me pilló de imprevisto y el buen hombre de la moto me invitó a conocer su querida casa
Fideitos asiáticos por si lo dudábais
Qué tarde más increíble. Con los franceses volviendo del Waerebo y de vuelta nos pararon a jugar un partido de voleibol con la gente del pueblo. Maravillosa gente.
Esto fue lo más gracioso y lo más random. Visita de las monjas del pueblo en la casa del australiano.
El buen conductor y la buena cerveza
¡Pues aquí nos tienes!

Al final del trayecto, me dejaron en medio de un campo, en una carretera que ya no iba hacia mi destino. Allí estaba yo, esperando levantar de nuevo la mano, cuando un hombre en moto me vio y se paró. Me ofreció acercarme un poco más adelante, y sin esperarlo me dejó frente a una casa en mitad de la nada. Allí vivía un australiano. Le conté sobre mi viaje por Asia, empezamos a hablar, me contó cómo él había terminado en esa casa  en medio de la nada y…acabó acogiéndome un día entero! Me mostró el río de las montañas a las que me llevó en moto, conocimos a gente local por el camino, me contó todas sus vivencias pasadas, me tocó su música y hasta me regaló un libro hecho por él. Acabamos compartiendo historias que jamás habría escuchado si no hubiese levantado la mano en aquella carretera.

Historias que se quedan (y contradicciones que pesan)

No todas las enseñanzas vienen de anécdotas divertidas. Una de las frases que más me marcó me la dijo otro conductor en Indonesia: “Ojalá pudiera hacer lo que tú haces. Te envidio porque lo haces por diversión, no por necesidad”.

Y ahí me chocó de frente algo que me daba vueltas desde que empecé: el privilegio.

Porque no nos engañemos. Cuando decides viajar con mochila por Asia, por barato que vivas, lo haces desde una posición privilegiada. Y a mí me pasaba que, a veces, me sentía disfrazada: vivía como si no tuviera recursos, buscando el euro más barato, haciendo autostop… pero sabía que al volver a mi país tendría comodidades que allí no existen. Eso me generaba culpa, como si estuviera actuando bajo una fachada. Incluso llegué a juzgarme tanto que no me atrevía a publicar reflexiones o grabarme hablando, porque pensaba: “¿y tú qué me vas a contar, hipócrita?”.

Con el tiempo entendí que no se trata de blanquear esa contradicción, ni de ir de “no privilegiada”. Se trata de reconocer desde dónde lo haces: de ser consciente, de valorar lo que tienes y de ponerlo al servicio de un intercambio real. Yo viajé para aprender, para compartir y también para aportar algo en lo local, ya fuese en voluntariados o simplemente en cómo me relacionaba con la gente.

No digo que esa incomodidad desaparezca del todo (ni ahora lo hace), pero creo que es sana. Porque te recuerda que viajar no es un acto neutro: te confronta con tus límites, tus ventajas, tus contradicciones. Y, al menos en mi caso, me obligó a ser honesta conmigo misma.

Lo que me queda

Al final, para mí el autostop no fue solo moverme de un lugar a otro. Fue escuchar conversaciones que no esperaba, compartir silencios cómodos, toparme con gente que me mostró otra manera de ver la vida y también enfrentarme a mis propios sesgos y culpas.

Quizás lo más valioso es eso: que cada trayecto deja algo, aunque no vuelvas a ver nunca más a esa persona. Y que en medio de todo, empiezas a ver la bondad y la complejidad del mundo con otros ojos.

yyyyyyy…aquí dejo el enlace de mi hitchikking por la isla de Flores que reporté 🙂

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