Me pondría a escribir sobre cuando llegué a New Zealand un 25 de setiembre, lo que hice y bla bla, pero empezaré sobre el cómo.
No me refiero al cómo de: hay que coger un avión, reservar un sitio donde dormir los primeros días, adaptarte y eso que ya sabemos. Me quiero centrar más en cómo lo viví.
Después de viajar sola 10 meses por el sudeste asiático, la adrenalina no es la misma, pero tampoco diría que fuese baja. Decidí hacer la Work and Holidays en Nueva Zelanda y viajar a este maravilloso país un mes y medio antes de saber que iría. Volvía de una aventura de 10 meses moviendo pierna por el sudeste asiático y seguía sin cansancio. Volví 3 meses por casa y ya sabía que quería volver a trotar nuevamente.
Nueva Zelanda está en el punto más extremo de España y, quieras o no, sentirme en el otro punto de lo que llamo mi universo me excita. Creo que porque me siento en otra dimensión, al otro lado del hemisferio, con los pies flotando en las manos del que camina en el otro lado del océano.
Llegar con la backpack también emociona. Soy dos en una. Experiencia backpack como nunca. El feeling de soledad más vibrante que he sentido nunca. Y sentirte también como tu propia mejor amiga. Nunca antes había sentido algo así por mucho que viviese en un piso en Barcelona por mi cuenta, no sé cómo explicarlo, pero es distinto.
Eso sí, el avión no te hace gritar por dentro como lo hace la primera vez que vuelas en un vuelo largo de 14 horas. Recuerdo que mi primera vez llegando al índico me temblaba el corazón. No me podía imaginar que yo, con el pánico a volar, me pusiera a hacer tantísimas horas en el aire de una. Y, a la vez, me surgía la total curiosidad de saber qué se rondaba allí dentro en las alturas. Soy de las que nunca preguntan cuándo servirán la comida, o si vendrán algunos snacks entre medias. Suena tonto total, pero disfruto tanto de la incertidumbre, hasta con no saber a qué hora tocará comer (y sé que a muchos eso cabrearía). Me encanta no saber qué pasará, porque, sabes, así cuando llega es como: ¡Sorpresa!! Hora de comer y estómago feliz.
El cómo lo masticas a tu manera, y eso lo hace tan tuyo y tan ti, que enternece. Cuando llegué al aeropuerto, tuve la gran suerte de tener una amiga increíble local que me vino a buscar y me llevó a pasar el finde a su casa. Nos conocimos haciendo un voluntariado durante dos semanas en Tailandia, y la verdad es que sin duda fue una perfecta coincidencia. Qué curioso, cuando la conocí y me contó que era de Nueva Zelanda, ni se me pasó por la cabeza que unos meses más tarde estaría por aquí. Como quien trae sal a la puerta del vecino. Ha sido sin duda y está siendo un gran acierto estar aquí. Cuando menos te lo esperas, la vida te sorprende, y te sorprende gracias a tus acciones y tus decisiones, eso que tanto nos encanta evitar y pensamos que se nos da fatal pero que por cosas de las alineaciones y de creernos el centro del universo, nos enseña que también erramos bien.
Entonces sí, diría que el inicio de este nuevo capítulo de mis 27 me siento como una niña con su mejor regalo de lo que quieras.
Y este fue un poco mi inicio de plan sin plan.

de 2 días en aviones sin dormir.
Eso sí, extremadamente feliz por
dentro.